Mi cuerpo había aprendido a callar antes de que yo aprendiera a hablar.
A los cinco años sufrí mi primer abuso sexual.
Durante décadas no tuve conciencia de ese recuerdo. Apareció muchos años después, en una sesión de respiración.
A los siete volví a ser abusada, esta vez por un amigo de la familia.
Ese abuso sí vivió conmigo durante años.
Aunque nadie pudiera verlo.
Aunque yo siguiera creciendo.
Aunque me casara.
Aunque tuviera hijos.
Aunque sonriera.
Porque hay heridas que no se quedan en el pasado.
Se meten en la forma en que te mirás.
En lo que aceptás.
En lo que creés merecer.
En cómo amás.
Y, sobre todo, en cómo permitís que te amen.
Yo había sido una niña curiosa, libre, atrevida, fascinada con el mundo.
Y de pronto aprendí que el mundo podía ser peligroso
Aprendí a protegerme.
A desconfiar.
A callar.
Y aprendí algo todavía peor:
a creer que había algo malo en mí.
Me sentía sucia.
Rota.
No merecedora.
Insuficiente.
Y durante muchos años hice lo que hacemos tantas mujeres cuando no sabemos amarnos:
salí a pedir afuera que alguien me convenciera de que yo valía.
Mendigué amor como una pordiosera.
Migajas de atención podían hacerme sentir elegida.
Una mirada podía hacerme sentir valiosa.
Que alguien me quisiera parecía demostrar que yo merecía existir.
Yo creía que necesitaba que otro me amara.
Hasta que entendí que había alguien que llevaba años abandonándome.
Yo.
Y cuando mi matrimonio empezó a sentirse como una cárcel, mi cuerpo reconoció algo que mi cabeza todavía no podía nombrar.
La misma sensación.
No hay salida.
No podés escapar.
No tenés poder.
Pero había una diferencia enorme.
Esta vez yo ya no tenía siete años.
Esta vez podía elegir.
Todavía no sabía cómo.
Pero podía.
Y esa pequeña diferencia terminó cambiando toda mi vida.