Mi historia

Éramos la familia perfecta de la foto. Nadie veía que yo me estaba muriendo por dentro.

Desde afuera, mi vida parecía completa.

Marido.

Cuatro hijos.

Casa.

Familia.

Responsabilidades.

Todo en su lugar.

Todo menos yo.

Yo sostenía a todos mientras desaparecía.

Y lo más peligroso no era que estuviera sufriendo.

Era que había sufrido durante tanto tiempo que ya me parecía normal.

Normal aguantar.

Normal callarme.

Normal ponerme última.

Normal vivir con miedo.

Normal sentir que mi vida no me pertenecía.

Mi cuerpo empezó a gritar lo que yo todavía no podía decir.

La angustia se instaló en mí. Mi salud comenzó a deteriorarse. Yo adelgazaba, me consumía, me apagaba.

Y aun así seguía.

Porque había aprendido que una buena mujer aguanta.

Que una buena madre sostiene.

Que una buena esposa hace funcionar la familia aunque para hacerlo tenga que dejar de funcionar ella.

Hasta que un día entendí algo brutal:

si para sostener mi vida tenía que desaparecer yo, entonces esa vida ya no podía seguir siendo la mía.

No sabía cómo irme.

No tenía independencia económica.

No tenía un plan B esperándome con moño del otro lado.

Tenía cuatro hijos.

Y durante casi veinte años había sabido ser esposa, mamá, cuidadora, solucionadora de problemas, sostén emocional de todo el mundo…

menos mío.

Hubo momentos tan oscuros que llegué a pensar que tal vez la muerte era la única manera de salir.

No porque quisiera morir.

Porque ya no sabía cómo vivir así.

Y en medio de esa oscuridad, una herida mucho más antigua volvió a buscarme.

02

Mi cuerpo había aprendido a callar antes de que yo aprendiera a hablar.

A los cinco años sufrí mi primer abuso sexual.

Durante décadas no tuve conciencia de ese recuerdo. Apareció muchos años después, en una sesión de respiración.

A los siete volví a ser abusada, esta vez por un amigo de la familia.

Ese abuso sí vivió conmigo durante años.

Aunque nadie pudiera verlo.

Aunque yo siguiera creciendo.

Aunque me casara.

Aunque tuviera hijos.

Aunque sonriera.

Porque hay heridas que no se quedan en el pasado.

Se meten en la forma en que te mirás.

En lo que aceptás.

En lo que creés merecer.

En cómo amás.

Y, sobre todo, en cómo permitís que te amen.

Yo había sido una niña curiosa, libre, atrevida, fascinada con el mundo.

Y de pronto aprendí que el mundo podía ser peligroso

Aprendí a protegerme.

A desconfiar.

A callar.

Y aprendí algo todavía peor:

a creer que había algo malo en mí.

Me sentía sucia.

Rota.

No merecedora.

Insuficiente.

Y durante muchos años hice lo que hacemos tantas mujeres cuando no sabemos amarnos:

salí a pedir afuera que alguien me convenciera de que yo valía.

Mendigué amor como una pordiosera.

Migajas de atención podían hacerme sentir elegida.

Una mirada podía hacerme sentir valiosa.

Que alguien me quisiera parecía demostrar que yo merecía existir.

Yo creía que necesitaba que otro me amara.

Hasta que entendí que había alguien que llevaba años abandonándome.

Yo.

Y cuando mi matrimonio empezó a sentirse como una cárcel, mi cuerpo reconoció algo que mi cabeza todavía no podía nombrar.

La misma sensación.

No hay salida.

No podés escapar.

No tenés poder.

Pero había una diferencia enorme.

Esta vez yo ya no tenía siete años.

Esta vez podía elegir.

Todavía no sabía cómo.

Pero podía.

Y esa pequeña diferencia terminó cambiando toda mi vida.

03

Le pedí a Dios que me mostrara mi misión. Me respondió algo que no quería escuchar.

Durante esa época yo rezaba.

Pedía señales.

Pedía respuestas.

Le preguntaba a Dios una y otra vez:

“¿Para qué estoy acá? ¿Cuál es mi misión?”

Yo esperaba una instrucción.

Algo concreto.

“Tenés que hacer esto.”

“Tenés que dedicarte a aquello.”

Una especie de GPS espiritual que me sacara del desastre.

Y un día, estando sola en mi casa, sentí un perfume intensísimo a rosas.

No había flores.

No había ninguna explicación lógica para ese aroma.

Y entonces escuché dentro de mí, con una claridad que todavía hoy puedo recordar:

“Tu misión es ser AMOR.”

Y yo pensé:

¿Eso es todo?

¿Ser amor?

¡Decime qué CARAJO tengo que hacer!

Pero yo estaba haciendo la pregunta equivocada.

Preguntaba qué tenía que hacer.

La respuesta hablaba de quién tenía que ser.

No enseñar amor.

No hablar bonito sobre el amor.

No poner corazones en Instagram.

SERLO.

Encarnarlo.

Elegirlo.

Convertirlo en la manera desde la cual iba a vivir.

Había solamente un pequeño inconveniente:

yo sabía amar a todo el mundo menos a mí.

Así que por ahí tuve que empezar.

04

No me fui cuando dejé de tener miedo. Me fui cuando entendí que quedarme podía costarme la vida.

Divorciarme no fue una escena cinematográfica.

No apareció una Sylvia empoderada caminando en cámara lenta hacia el atardecer.

No tenía todas las respuestas.

No tenía seguridad.

No tenía garantías.

Tenía miedo.

Muchísimo.

Pero descubrí algo:

no necesitaba dejar de tener miedo para elegirme.

Me fui con miedo.

Me fui con cuatro hijos.

Me fui sin saber exactamente cómo iba a reconstruir mi vida.

Me fui mientras todavía estaba tratando de recordar quién era debajo de tantos años de ser lo que todos necesitaban de mí.

Pero me fui.

Y hoy puedo verlo:

aquella decisión fue uno de los primeros actos de amor verdadero que tuve conmigo misma.

Después vino la búsqueda.

Gestalt.

Psicodrama.

Coaching.

Respiración consciente.

Eneagrama.

Astrología.

Trabajo transgeneracional.

Y cuanta herramienta pudiera ayudarme a entender quién demonios era esa mujer que aparecía cuando dejaba de ser esposa de, madre de, responsable de.

Yo no estudié porque quería convertirme en maestra.

Estudié porque quería salvarme.

Primero practiqué todo conmigo.

Miré mis heridas.

Mis patrones.

Mis excusas.

Mis elecciones.

Mis maneras de regalar mi poder para después culpar a otros por tenerlo.

Tuve que dejar de esperar que alguien me dijera cuánto valía.

Tuve que aprender a escucharme.

A confiar en mí.

A poner límites.

A elegirme.

A amarme.

Y no, no fue fácil.

Amarme con Locura no nació como una frase bonita.

Nació porque durante años me había amado con condiciones.

Me quería si hacía las cosas bien.

Me aprobaba si alguien me aprobaba.

Me sentía suficiente si me elegían.

Yo necesitaba aprender otra clase de amor.

Uno salvaje.

Uno leal.

Uno que no desapareciera cuando yo me equivocara.

Uno que dijera:

“Aunque todos se vayan, yo no vuelvo a abandonarte.”

Ese fue el comienzo de mi verdadero romance.

El romance con la mujer del espejo.

05

La libertad, para mí, tuvo gusto a huevo frito a las cuatro de la mañana.

Cuando me mudé a mi nueva casa con mis cuatro hijos empecé a recuperar cosas que parecen ridículas…

hasta que viviste muchos años sin ellas.

Mis adornos.

Mi música.

Mis horarios.

Mis muebles puestos donde se me daba la gana.

Mi derecho a decidir.

Mi silencio.

Mi ruido.

Mis locuras.

Mi tiempo.

Una madrugada me preparé un huevo frito a las cuatro de la mañana.

Porque tenía hambre.

Nada más.

Y nadie apareció a preguntarme:

“¿Qué estás haciendo?”

Nadie me dijo:

“Estás loca.”

Y recuerdo esa sensación.

Era una pavada.

Y era gigantesca.

Era mi casa.

Era mi tiempo.

Era mi vida.

Y me encantaba.

Empecé a descubrir algo que para mí era revolucionario:

podía ser feliz sin pareja.

No estaba esperando un hombre.

No necesitaba que alguien viniera a completar la escena.

No necesitaba ser elegida.

Yo ya me había elegido.

Por primera vez en mi vida adulta estaba descubriendo cómo se sentía estar entera.

Y entonces, precisamente cuando dejé de buscar a alguien que me completara…

apareció Alejandro.

06

Ningún príncipe vino a rescatarme. Cuando llegó el amor, yo ya había salido sola de la torre.

El 23 de agosto de 2003 fui a bailar con unas amigas a Sótano Beat.

No estaba buscando marido.

Ni novio.

Ni almas gemelas.

Estaba buscando pasarla bien.

Y arriba del escenario había un saxofonista terriblemente sexy.

Alejandro.

Me invitó a cantar.

Después se acercó con la maravillosa y sofisticadísima estrategia de preguntarme si yo era cantante.

Y consiguió mi teléfono.

Se lo di encantada.

Pocos días después estábamos sentados frente al piano en su casa, cantando y matándonos de risa.

Había química.

Música.

Deseo.

Complicidad.

Y un detalle menor:

según cualquier criterio sensato, no teníamos absolutamente nada que hacer juntos.

Él tenía 37 años.

Soltero.

Sin hijos.

Nunca había convivido con nadie.

Yo tenía 41.

Divorciada.

Cuatro hijos.

Un zoológico.

Claramente un no.

Por suerte, el amor nunca fue demasiado obediente.

Empezamos a vernos.

Sin planes.

Sin promesas.

Sin “te llamo mañana”.

Nuestra frase era:

“Te veo cuando te vea.”

Al principio sonaba libre.

Después empezó a doler.

Y ahí apareció una vieja Sylvia.

La que podía empezar a preguntarse:

¿Le gusto?

¿Me va a llamar?

¿Y si lo pierdo?

¿Y si pido demasiado?

Pero había otra Sylvia también.

Una que había pagado demasiado caro por aprender a elegirse.

Y esa mujer dijo:

No.

No voy a volver ahí.

No voy a sacrificar mi paz para conservar a un hombre.

No voy a aceptar migajas porque alguien me vuelve loca.

No voy a traicionarme para que alguien se quede.

Así que lo solté.

Sin amenaza.

Sin jueguitos.

Sin manipular.

Sin hacerme la indiferente para provocar una reacción.

Lo solté de verdad.

Entre él y yo, me elegí a mí.

Y eso cambió todo.

Nos reencontramos poco después.

Pero ya no para seguir jugando a “te veo cuando te vea”.

Nos miramos más allá del miedo.

Y decidimos entrar.

De verdad.

Desde ese día no volvimos a separarnos.

07

Él vivía en orden alfabético. Yo tenía cuatro hijos. Buena suerte, mi amor.

Meses después Alejandro se mudó conmigo, mis cuatro hijos y mi perro Nicolás.

Hasta entonces él había vivido solo.

Todo impecable.

Organizado.

Casi en orden alfabético.

Y de pronto aterrizó en lo que yo cariñosamente llamaba:

el zoológico.

Ale tenía incluso un cajón especial donde guardaba cosas nuevas que compraba y reservaba para una ocasión especial.

Hasta que un día vio bajar las escaleras a mi hijo mayor…

usando, con total naturalidad, una de sus preciadas adquisiciones.

Bienvenido a la familia, mi amor.

Después llegaron más historias.

Más música.

Más hijos.

Más nietos.

A mis 44 años, con las trompas ligadas, quedar embarazada parecía prácticamente imposible.

Pero después de una fertilización in vitro llegó Sofía.

Nuestro milagro.

Y más de dos décadas después, Alejandro y yo seguimos compartiendo música, familia, trabajo, hijos y nietos.

Pero también seguimos compartiendo algo que para mí importa muchísimo:

deseo.

Pasión.

Complicidad.

Carcajadas que terminan en lágrimas.

Las ganas de despertarnos juntos.

No tenemos una relación perfecta.

Tenemos una relación que elegimos crear.

Todos los días.

Nos hablamos.

Nos mostramos.

Nos decimos la verdad.

Nos elegimos sin dejar de elegirnos individualmente.

Nos amamos sin convertir el amor en una cárcel.

Y con Alejandro confirmé algo que hoy atraviesa absolutamente todo lo que hago:

el amor no es solamente algo que encontrás.

El amor es el lugar DESDE EL CUAL creás tu vida.

08

Antes de los libros hubo mujeres sentadas frente a mí diciendo: “Nunca le conté esto a nadie.”

Cuando empecé a acompañar mujeres, algo se repetía una y otra vez.

Entraban a una sesión cargando historias.

Historias que llevaban diez, veinte, treinta años sosteniendo en silencio.

Y empezaban a hablar.

A veces bajito.

A veces llorando.

A veces con vergüenza.

A veces diciendo:

“Esto nunca se lo conté a nadie.”

Y yo veía algo suceder frente a mis ojos.

Los hombros bajaban.

La respiración cambiaba.

El cuerpo se aflojaba.

No porque lo vivido desapareciera.

Sino porque dejar de esconder una historia puede ser el comienzo de dejar de cargarla.

Después les pedía que escribieran.

Y veía otro milagro.

Cuando una mujer escribe algo que durante años solamente vivió dentro de ella, empieza a mirarlo desde otro lugar.

Puede nombrarlo.

Puede entenderlo.

Puede reclamarlo.

Puede decidir qué significado tendrá de ahora en adelante.

Yo les pedía que escribieran sus historias.

Hasta que la vida me dijo:

Muy bien, Sylvia. Ahora te toca a vos.

09

Escribí la historia que más vergüenza me daba. Y dejó de tener poder sobre mí.

Me invitaron a participar en una antología en inglés.

Y decidí escribir sobre la historia que durante años me había hecho sentir sucia.

Rota.

No merecedora.

La historia que estaba detrás de tantas veces que había mendigado amor.

La historia que yo habría preferido enterrar.

La escribí.

Y algo cambió.

Porque cuando una historia sale de las sombras y la ponés frente a vos…

ya no puede perseguirte de la misma manera.

Pero todavía me faltaba algo.

Decirla.

En voz alta.

10

“Yo fui abusada.”

Durante la fiesta de lanzamiento de 131 Keys to Love, había más de cincuenta personas frente a mí.

Podía agradecer.

Podía hablar del libro.

Podía contar una anécdota simpática.

Podía elegir una parte menos incómoda.

Pero respiré.

Miré a la gente.

Y dije:

“Yo fui abusada.”

Silencio.

Un silencio absoluto.

Y ocurrió algo que jamás voy a olvidar.

No sentí vergüenza.

No sentí lástima por mí.

No me sentí víctima.

No estaba pidiendo que nadie me rescatara.

Estaba recuperando mi historia.

Sí.

Me pasó.

Sí.

Me marcó.

Sí.

Influyó durante años en cómo me miré, cómo amé y lo que creí merecer.

Pero ya no iba a seguir definiéndome.

Ese día entendí algo que hoy quiero gritar cada vez que una mujer se avergüenza de lo que vivió:

LA VERGÜENZA NO ERA MÍA.

Lo que me habían hecho no decía nada sobre mi valor.

Y por primera vez sentí que la historia me pertenecía a mí…

en lugar de pertenecerle yo a ella.

No dije “yo fui abusada” solamente por la niña que había sido.

Lo dije por todas las mujeres que alguna vez se habían sentado frente a mí cargando secretos.

Por las que aprendieron a hacerse pequeñas.

Por las que todavía creen que algo de lo que les pasó demuestra que son menos dignas de amor.

Por las que siguen mendigando afuera porque todavía no descubrieron el romance más extraordinario, feroz y transformador que una mujer puede vivir:

el romance con la mujer del espejo.

11

Love Queen no nació de una estrategia de branding.

Durante años, cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, yo decía:

“Soy Love Coach.”

Hasta que las personas que trabajaban conmigo empezaron a decirme algo distinto.

“Vos no enseñás el amor.”

“Vos lo personificás.”

Y empezaron a llamarme:

Love Queen.

Un día mi propio coach me presentó así públicamente.

Y el nombre quedó.

Yo no me senté con un equipo de marketing a inventarlo.

No salió de una sesión de branding.

Ni siquiera fui yo quien decidió llamarme así.

Fue el nombre que otros le pusieron a la mujer en la que yo llevaba años convirtiéndome.

Y entonces recordé aquel día.

El perfume a rosas.

La voz.

La frase:

“Tu misión es ser AMOR.”

Muchos años después entendí.

Love Queen nunca fue un título.

Era una confirmación.

12

Mi historia dejó de ser algo que tenía que esconder y se convirtió en algo que podía abrirle camino a otra persona.

Después de aquella primera antología llegaron más.

Mis historias empezaron a viajar.

Personas que yo nunca había conocido comenzaron a leer mis palabras.

Varios libros se convirtieron en bestsellers internacionales.

Y descubrí una de las verdades que más profundamente cambiaron mi trabajo:

cuando dejás de esconder tu historia, tu historia puede empezar a servir.

Puede tocar.

Puede enseñar.

Puede despertar.

Puede darle permiso a alguien.

Puede encontrar a una mujer que está atravesando exactamente lo que vos creías que solamente te había pasado a vos y susurrarle:

“No estás condenada a quedarte ahí.”

Pero había algo pendiente.

Yo había publicado en inglés.

Nada en español.

Y cada vez más personas me preguntaban:

“¿Cuándo vas a hacer algo para nosotros?”

Entonces entendí que podía hacer por otros lo que alguien había hecho conmigo.

Abrir una puerta.

Una puerta para que profesionales extraordinarios dejaran de ser el secreto mejor guardado de su oficina.

Para que sus conocimientos viajaran.

Para que sus historias dejaran de morir adentro suyo.

Para que sus voces encontraran a quienes las necesitaban.

Así nació:

13

El Amor como Camino.

Y no fue casualidad que se llamara así.

No El camino del amor.

El Amor como Camino.

Porque el amor no es solamente el lugar al que quiero llegar.

Es la manera en que quiero caminar.

La forma en que quiero trabajar.

La forma en que quiero relacionarme.

La forma en que quiero crear.

La forma en que quiero vivir.

Después llegó El Amor como Camino para Emprendedores Exitosos.

Y más tarde Klithorian.

Hasta hoy participé en quince títulos, diez de ellos bestsellers, y acompañé a 61 personas a transformar sus conocimientos, sus historias y sus voces en libros.

Pero yo no veo un número.

Veo 61 voces que ya no están guardadas en un cajón.

61 historias que ahora pueden atravesar fronteras.

61 personas que un día podrán decir:

“Esto pensé. Esto aprendí. Esto viví. Esto vine a dejar.”

Y recién muchos años después entendí por qué eso significaba tanto para mí.

14

Mi papá murió. Y un día entendí que con él también murió un libro que nunca llegó a escribirse.

Mi papá era un hombre extraordinario.

Culto.

Filosófico.

Valiente.

Lleno de historias.

Tenía una manera particular de pensar.

Valores.

Experiencias.

Un código.

Una vida entera dentro suyo.

Cuando murió, hubo algo que me destrozó.

Salir a la calle.

Ver los autos pasar.

La gente comprar.

Los semáforos cambiar.

El mundo entero funcionando como si nada hubiera sucedido.

Yo quería gritar:

“¿No entienden? ¡Mi papá se murió!”

Pero el mundo seguía.

Años después apareció otro dolor.

Uno que no había sabido nombrar.

Empecé a preguntarme:

¿Dónde están ahora todas sus historias?

¿Dónde quedó todo lo que sabía?

¿Las conversaciones que nunca tuvimos?

¿Las cosas que nunca le pregunté?

¿Las respuestas que hoy daría cualquier cosa por escuchar?

No tengo un libro que pueda abrir y decir:

“Papá, hablame.”

No puedo leer sus pensamientos.

No puedo escuchar su versión de la historia.

No puedo volver atrás y preguntarle:

“¿Qué sentiste?”

“¿Por qué hiciste eso?”

“¿Qué aprendiste?”

“¿Qué querías que yo supiera?”

Y entendí algo que me partió al medio:

cuando una persona se va sin contar su historia, no perdemos solamente a la persona.

Perdemos una biblioteca.

Una mirada.

Una versión irrepetible del mundo.

Un eslabón de nuestra propia historia.

Hoy mis hijos conocen partes de mí.

Para ellos soy mamá.

Y está perfecto.

Me ven desde ese lugar.

Como yo vi a mis padres.

Pero algún día quizá quieran conocer a la mujer.

No a mamá.

No a la abuela.

A Sylvia.

La niña.

La mujer que tuvo miedo.

La que se equivocó.

La que amó.

La que se cayó.

La que salió.

La que se volvió a inventar.

La que tuvo deseos que nunca contó durante la cena familiar.

La que creyó cosas.

La que dejó de creerlas.

La que descubrió otras.

Y quiero que puedan encontrarme.

Quiero que mis nietos puedan abrir mis páginas cuando yo ya no esté y descubrir de dónde viene alguna locura que también vive en ellos.

Quiero que mi voz sobreviva a mi cuerpo.

Por eso hoy digo:

15

Contá tu historia como solo vos la podés contar.

No porque toda mujer tenga que publicar un libro.

No porque todo dolor tenga que convertirse en contenido.

No porque debas exhibir tus heridas para demostrar que sanaste.

Contala porque tu mirada es irrepetible.

Porque nadie vivió exactamente lo que viviste como vos lo viviste.

Porque nadie puede explicar lo que aprendiste con tu voz.

Porque nadie puede dejar tu legado en tu lugar.

Y porque hay historias que no pueden esperar eternamente.

De ahí nace también el corazón de Klithorian:

Una voz recuperada recupera otras.

Porque cuando una mujer se atreve a contarse…

rompe silencios.

Cambia conversaciones.

Recupera partes de sí misma.

Y a veces, sin siquiera saberlo, le da permiso a otra mujer para hacer lo mismo.

16

Hoy soy Sylvia Chavez. Love Queen.

Sí.

Soy coach.

Autora bestseller internacional.

Oradora.

Mentora editorial.

Creadora de El Amor como Camino.

Fundadora y primera voz de Klithorian.

He acompañado a decenas de personas a convertir sus historias y conocimientos en libros.

Pero si querés saber quién soy de verdad, mis títulos no alcanzan.

Soy una mujer que tuvo que ir a buscarse debajo de todo lo que había aprendido a soportar.

Soy la mujer que dejó de mendigar amor y empezó un romance feroz con la mujer del espejo.

La que un día tuvo que elegir entre seguir desapareciendo o hacerse cargo de su propia vida.

La que descubrió que libertad podía significar comerse un huevo frito a las cuatro de la mañana.

La que aprendió que elegirse no te deja sin amor.

Te prepara para vivir uno mejor.

La que transformó una historia que durante años le dio vergüenza en una voz que hoy puede abrirle camino a otras.

La que entendió que contar nuestras historias no es vivir mirando hacia atrás.

Es decidir qué hacemos con ellas de ahora en adelante.

Y hoy, a través de mis libros, mis programas, mi comunidad y mi acompañamiento privado, no quiero enseñarle a ninguna mujer a convertirse en otra persona.

Quiero acompañarla a volver a encontrarse.

A recuperar su voz.

Su historia.

Su cuerpo.

Su deseo.

Su placer.

Su poder.

Su libertad.

Su nombre.

Porque quizás vos también llevás años siendo la mujer que todos necesitan…

y hace demasiado tiempo que no te preguntás:

¿Dónde estoy yo en mi propia vida?

Quizás también aprendiste a conformarte.

A callarte.

A ser razonable.

A no molestar.

A necesitar permiso.

A esperar que alguien te elija.

Quizás construiste una vida que desde afuera se ve perfecta…

pero hay una parte de vos que sabe que ya no te alcanza.

Entonces quiero decirte algo.

No necesitás tener todas las respuestas.

No necesitás saber exactamente cómo.

No necesitás esperar a sentirte valiente.

Y, sobre todo:

no necesitás convertirte en otra mujer.

La mujer capaz de reclamar su voz, su amor, su placer, su historia y su derecho a ser profundamente feliz no está en algún lugar lejano esperando que la encuentres.

Está debajo de cada “tengo que”.

De cada “qué van a pensar”.

De cada vez que te hiciste pequeña para que otro estuviera cómodo.

De cada parte de vos que aprendiste a esconder para sobrevivir.

Yo no vengo a decirte quién tenés que ser.

Vengo a recordarte quién eras antes de empezar a abandonarte.

Porque esa mujer sigue ahí.

Nunca se fue.

Y tal vez este sea el momento de volver a elegirla.

Esta vez, sin pedir permiso.

El próximo capítulo puede empezar hoy

La mujer que estás buscando sigue ahí.

No necesitás convertirte en otra. Necesitás volver a elegir a la que dejaste atrás para sobrevivir.

Quiero empezar por mí
Mi historia

Éramos la familia perfecta de la foto. Nadie veía que yo me estaba muriendo por dentro.

Desde afuera, mi vida parecía completa.

Marido.

Cuatro hijos.

Casa.

Familia.

Responsabilidades.

Todo en su lugar.

Todo menos yo.

Yo sostenía a todos mientras desaparecía.

Y lo más peligroso no era que estuviera sufriendo.

Era que había sufrido durante tanto tiempo que ya me parecía normal.

Normal aguantar.

Normal callarme.

Normal ponerme última.

Normal vivir con miedo.

Normal sentir que mi vida no me pertenecía.

Mi cuerpo empezó a gritar lo que yo todavía no podía decir.

La angustia se instaló en mí. Mi salud comenzó a deteriorarse. Yo adelgazaba, me consumía, me apagaba.

Y aun así seguía.

Porque había aprendido que una buena mujer aguanta.

Que una buena madre sostiene.

Que una buena esposa hace funcionar la familia aunque para hacerlo tenga que dejar de funcionar ella.

Hasta que un día entendí algo brutal:

si para sostener mi vida tenía que desaparecer yo, entonces esa vida ya no podía seguir siendo la mía.

No sabía cómo irme.

No tenía independencia económica.

No tenía un plan B esperándome con moño del otro lado.

Tenía cuatro hijos.

Y durante casi veinte años había sabido ser esposa, mamá, cuidadora, solucionadora de problemas, sostén emocional de todo el mundo…

menos mío.

Hubo momentos tan oscuros que llegué a pensar que tal vez la muerte era la única manera de salir.

No porque quisiera morir.

Porque ya no sabía cómo vivir así.

Y en medio de esa oscuridad, una herida mucho más antigua volvió a buscarme.

02

Mi cuerpo había aprendido a callar antes de que yo aprendiera a hablar.

A los cinco años sufrí mi primer abuso sexual.

Durante décadas no tuve conciencia de ese recuerdo. Apareció muchos años después, en una sesión de respiración.

A los siete volví a ser abusada, esta vez por un amigo de la familia.

Ese abuso sí vivió conmigo durante años.

Aunque nadie pudiera verlo.

Aunque yo siguiera creciendo.

Aunque me casara.

Aunque tuviera hijos.

Aunque sonriera.

Porque hay heridas que no se quedan en el pasado.

Se meten en la forma en que te mirás.

En lo que aceptás.

En lo que creés merecer.

En cómo amás.

Y, sobre todo, en cómo permitís que te amen.

Yo había sido una niña curiosa, libre, atrevida, fascinada con el mundo.

Y de pronto aprendí que el mundo podía ser peligroso

Aprendí a protegerme.

A desconfiar.

A callar.

Y aprendí algo todavía peor:

a creer que había algo malo en mí.

Me sentía sucia.

Rota.

No merecedora.

Insuficiente.

Y durante muchos años hice lo que hacemos tantas mujeres cuando no sabemos amarnos:

salí a pedir afuera que alguien me convenciera de que yo valía.

Mendigué amor como una pordiosera.

Migajas de atención podían hacerme sentir elegida.

Una mirada podía hacerme sentir valiosa.

Que alguien me quisiera parecía demostrar que yo merecía existir.

Yo creía que necesitaba que otro me amara.

Hasta que entendí que había alguien que llevaba años abandonándome.

Yo.

Y cuando mi matrimonio empezó a sentirse como una cárcel, mi cuerpo reconoció algo que mi cabeza todavía no podía nombrar.

La misma sensación.

No hay salida.

No podés escapar.

No tenés poder.

Pero había una diferencia enorme.

Esta vez yo ya no tenía siete años.

Esta vez podía elegir.

Todavía no sabía cómo.

Pero podía.

Y esa pequeña diferencia terminó cambiando toda mi vida.

03

Le pedí a Dios que me mostrara mi misión. Me respondió algo que no quería escuchar.

Durante esa época yo rezaba.

Pedía señales.

Pedía respuestas.

Le preguntaba a Dios una y otra vez:

“¿Para qué estoy acá? ¿Cuál es mi misión?”

Yo esperaba una instrucción.

Algo concreto.

“Tenés que hacer esto.”

“Tenés que dedicarte a aquello.”

Una especie de GPS espiritual que me sacara del desastre.

Y un día, estando sola en mi casa, sentí un perfume intensísimo a rosas.

No había flores.

No había ninguna explicación lógica para ese aroma.

Y entonces escuché dentro de mí, con una claridad que todavía hoy puedo recordar:

“Tu misión es ser AMOR.”

Y yo pensé:

¿Eso es todo?

¿Ser amor?

¡Decime qué CARAJO tengo que hacer!

Pero yo estaba haciendo la pregunta equivocada.

Preguntaba qué tenía que hacer.

La respuesta hablaba de quién tenía que ser.

No enseñar amor.

No hablar bonito sobre el amor.

No poner corazones en Instagram.

SERLO.

Encarnarlo.

Elegirlo.

Convertirlo en la manera desde la cual iba a vivir.

Había solamente un pequeño inconveniente:

yo sabía amar a todo el mundo menos a mí.

Así que por ahí tuve que empezar.

04

No me fui cuando dejé de tener miedo. Me fui cuando entendí que quedarme podía costarme la vida.

Divorciarme no fue una escena cinematográfica.

No apareció una Sylvia empoderada caminando en cámara lenta hacia el atardecer.

No tenía todas las respuestas.

No tenía seguridad.

No tenía garantías.

Tenía miedo.

Muchísimo.

Pero descubrí algo:

no necesitaba dejar de tener miedo para elegirme.

Me fui con miedo.

Me fui con cuatro hijos.

Me fui sin saber exactamente cómo iba a reconstruir mi vida.

Me fui mientras todavía estaba tratando de recordar quién era debajo de tantos años de ser lo que todos necesitaban de mí.

Pero me fui.

Y hoy puedo verlo:

aquella decisión fue uno de los primeros actos de amor verdadero que tuve conmigo misma.

Después vino la búsqueda.

Gestalt.

Psicodrama.

Coaching.

Respiración consciente.

Eneagrama.

Astrología.

Trabajo transgeneracional.

Y cuanta herramienta pudiera ayudarme a entender quién demonios era esa mujer que aparecía cuando dejaba de ser esposa de, madre de, responsable de.

Yo no estudié porque quería convertirme en maestra.

Estudié porque quería salvarme.

Primero practiqué todo conmigo.

Miré mis heridas.

Mis patrones.

Mis excusas.

Mis elecciones.

Mis maneras de regalar mi poder para después culpar a otros por tenerlo.

Tuve que dejar de esperar que alguien me dijera cuánto valía.

Tuve que aprender a escucharme.

A confiar en mí.

A poner límites.

A elegirme.

A amarme.

Y no, no fue fácil.

Amarme con Locura no nació como una frase bonita.

Nació porque durante años me había amado con condiciones.

Me quería si hacía las cosas bien.

Me aprobaba si alguien me aprobaba.

Me sentía suficiente si me elegían.

Yo necesitaba aprender otra clase de amor.

Uno salvaje.

Uno leal.

Uno que no desapareciera cuando yo me equivocara.

Uno que dijera:

“Aunque todos se vayan, yo no vuelvo a abandonarte.”

Ese fue el comienzo de mi verdadero romance.

El romance con la mujer del espejo.

05

La libertad, para mí, tuvo gusto a huevo frito a las cuatro de la mañana.

Cuando me mudé a mi nueva casa con mis cuatro hijos empecé a recuperar cosas que parecen ridículas…

hasta que viviste muchos años sin ellas.

Mis adornos.

Mi música.

Mis horarios.

Mis muebles puestos donde se me daba la gana.

Mi derecho a decidir.

Mi silencio.

Mi ruido.

Mis locuras.

Mi tiempo.

Una madrugada me preparé un huevo frito a las cuatro de la mañana.

Porque tenía hambre.

Nada más.

Y nadie apareció a preguntarme:

“¿Qué estás haciendo?”

Nadie me dijo:

“Estás loca.”

Y recuerdo esa sensación.

Era una pavada.

Y era gigantesca.

Era mi casa.

Era mi tiempo.

Era mi vida.

Y me encantaba.

Empecé a descubrir algo que para mí era revolucionario:

podía ser feliz sin pareja.

No estaba esperando un hombre.

No necesitaba que alguien viniera a completar la escena.

No necesitaba ser elegida.

Yo ya me había elegido.

Por primera vez en mi vida adulta estaba descubriendo cómo se sentía estar entera.

Y entonces, precisamente cuando dejé de buscar a alguien que me completara…

apareció Alejandro.

06

Ningún príncipe vino a rescatarme. Cuando llegó el amor, yo ya había salido sola de la torre.

El 23 de agosto de 2003 fui a bailar con unas amigas a Sótano Beat.

No estaba buscando marido.

Ni novio.

Ni almas gemelas.

Estaba buscando pasarla bien.

Y arriba del escenario había un saxofonista terriblemente sexy.

Alejandro.

Me invitó a cantar.

Después se acercó con la maravillosa y sofisticadísima estrategia de preguntarme si yo era cantante.

Y consiguió mi teléfono.

Se lo di encantada.

Pocos días después estábamos sentados frente al piano en su casa, cantando y matándonos de risa.

Había química.

Música.

Deseo.

Complicidad.

Y un detalle menor:

según cualquier criterio sensato, no teníamos absolutamente nada que hacer juntos.

Él tenía 37 años.

Soltero.

Sin hijos.

Nunca había convivido con nadie.

Yo tenía 41.

Divorciada.

Cuatro hijos.

Un zoológico.

Claramente un no.

Por suerte, el amor nunca fue demasiado obediente.

Empezamos a vernos.

Sin planes.

Sin promesas.

Sin “te llamo mañana”.

Nuestra frase era:

“Te veo cuando te vea.”

Al principio sonaba libre.

Después empezó a doler.

Y ahí apareció una vieja Sylvia.

La que podía empezar a preguntarse:

¿Le gusto?

¿Me va a llamar?

¿Y si lo pierdo?

¿Y si pido demasiado?

Pero había otra Sylvia también.

Una que había pagado demasiado caro por aprender a elegirse.

Y esa mujer dijo:

No.

No voy a volver ahí.

No voy a sacrificar mi paz para conservar a un hombre.

No voy a aceptar migajas porque alguien me vuelve loca.

No voy a traicionarme para que alguien se quede.

Así que lo solté.

Sin amenaza.

Sin jueguitos.

Sin manipular.

Sin hacerme la indiferente para provocar una reacción.

Lo solté de verdad.

Entre él y yo, me elegí a mí.

Y eso cambió todo.

Nos reencontramos poco después.

Pero ya no para seguir jugando a “te veo cuando te vea”.

Nos miramos más allá del miedo.

Y decidimos entrar.

De verdad.

Desde ese día no volvimos a separarnos.

07

Él vivía en orden alfabético. Yo tenía cuatro hijos. Buena suerte, mi amor.

Meses después Alejandro se mudó conmigo, mis cuatro hijos y mi perro Nicolás.

Hasta entonces él había vivido solo.

Todo impecable.

Organizado.

Casi en orden alfabético.

Y de pronto aterrizó en lo que yo cariñosamente llamaba:

el zoológico.

Ale tenía incluso un cajón especial donde guardaba cosas nuevas que compraba y reservaba para una ocasión especial.

Hasta que un día vio bajar las escaleras a mi hijo mayor…

usando, con total naturalidad, una de sus preciadas adquisiciones.

Bienvenido a la familia, mi amor.

Después llegaron más historias.

Más música.

Más hijos.

Más nietos.

A mis 44 años, con las trompas ligadas, quedar embarazada parecía prácticamente imposible.

Pero después de una fertilización in vitro llegó Sofía.

Nuestro milagro.

Y más de dos décadas después, Alejandro y yo seguimos compartiendo música, familia, trabajo, hijos y nietos.

Pero también seguimos compartiendo algo que para mí importa muchísimo:

deseo.

Pasión.

Complicidad.

Carcajadas que terminan en lágrimas.

Las ganas de despertarnos juntos.

No tenemos una relación perfecta.

Tenemos una relación que elegimos crear.

Todos los días.

Nos hablamos.

Nos mostramos.

Nos decimos la verdad.

Nos elegimos sin dejar de elegirnos individualmente.

Nos amamos sin convertir el amor en una cárcel.

Y con Alejandro confirmé algo que hoy atraviesa absolutamente todo lo que hago:

el amor no es solamente algo que encontrás.

El amor es el lugar DESDE EL CUAL creás tu vida.

08

Antes de los libros hubo mujeres sentadas frente a mí diciendo: “Nunca le conté esto a nadie.”

Cuando empecé a acompañar mujeres, algo se repetía una y otra vez.

Entraban a una sesión cargando historias.

Historias que llevaban diez, veinte, treinta años sosteniendo en silencio.

Y empezaban a hablar.

A veces bajito.

A veces llorando.

A veces con vergüenza.

A veces diciendo:

“Esto nunca se lo conté a nadie.”

Y yo veía algo suceder frente a mis ojos.

Los hombros bajaban.

La respiración cambiaba.

El cuerpo se aflojaba.

No porque lo vivido desapareciera.

Sino porque dejar de esconder una historia puede ser el comienzo de dejar de cargarla.

Después les pedía que escribieran.

Y veía otro milagro.

Cuando una mujer escribe algo que durante años solamente vivió dentro de ella, empieza a mirarlo desde otro lugar.

Puede nombrarlo.

Puede entenderlo.

Puede reclamarlo.

Puede decidir qué significado tendrá de ahora en adelante.

Yo les pedía que escribieran sus historias.

Hasta que la vida me dijo:

Muy bien, Sylvia. Ahora te toca a vos.

09

Escribí la historia que más vergüenza me daba. Y dejó de tener poder sobre mí.

Me invitaron a participar en una antología en inglés.

Y decidí escribir sobre la historia que durante años me había hecho sentir sucia.

Rota.

No merecedora.

La historia que estaba detrás de tantas veces que había mendigado amor.

La historia que yo habría preferido enterrar.

La escribí.

Y algo cambió.

Porque cuando una historia sale de las sombras y la ponés frente a vos…

ya no puede perseguirte de la misma manera.

Pero todavía me faltaba algo.

Decirla.

En voz alta.

10

“Yo fui abusada.”

Durante la fiesta de lanzamiento de 131 Keys to Love, había más de cincuenta personas frente a mí.

Podía agradecer.

Podía hablar del libro.

Podía contar una anécdota simpática.

Podía elegir una parte menos incómoda.

Pero respiré.

Miré a la gente.

Y dije:

“Yo fui abusada.”

Silencio.

Un silencio absoluto.

Y ocurrió algo que jamás voy a olvidar.

No sentí vergüenza.

No sentí lástima por mí.

No me sentí víctima.

No estaba pidiendo que nadie me rescatara.

Estaba recuperando mi historia.

Sí.

Me pasó.

Sí.

Me marcó.

Sí.

Influyó durante años en cómo me miré, cómo amé y lo que creí merecer.

Pero ya no iba a seguir definiéndome.

Ese día entendí algo que hoy quiero gritar cada vez que una mujer se avergüenza de lo que vivió:

LA VERGÜENZA NO ERA MÍA.

Lo que me habían hecho no decía nada sobre mi valor.

Y por primera vez sentí que la historia me pertenecía a mí…

en lugar de pertenecerle yo a ella.

No dije “yo fui abusada” solamente por la niña que había sido.

Lo dije por todas las mujeres que alguna vez se habían sentado frente a mí cargando secretos.

Por las que aprendieron a hacerse pequeñas.

Por las que todavía creen que algo de lo que les pasó demuestra que son menos dignas de amor.

Por las que siguen mendigando afuera porque todavía no descubrieron el romance más extraordinario, feroz y transformador que una mujer puede vivir:

el romance con la mujer del espejo.

11

Love Queen no nació de una estrategia de branding.

Durante años, cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, yo decía:

“Soy Love Coach.”

Hasta que las personas que trabajaban conmigo empezaron a decirme algo distinto.

“Vos no enseñás el amor.”

“Vos lo personificás.”

Y empezaron a llamarme:

Love Queen.

Un día mi propio coach me presentó así públicamente.

Y el nombre quedó.

Yo no me senté con un equipo de marketing a inventarlo.

No salió de una sesión de branding.

Ni siquiera fui yo quien decidió llamarme así.

Fue el nombre que otros le pusieron a la mujer en la que yo llevaba años convirtiéndome.

Y entonces recordé aquel día.

El perfume a rosas.

La voz.

La frase:

“Tu misión es ser AMOR.”

Muchos años después entendí.

Love Queen nunca fue un título.

Era una confirmación.

12

Mi historia dejó de ser algo que tenía que esconder y se convirtió en algo que podía abrirle camino a otra persona.

Después de aquella primera antología llegaron más.

Mis historias empezaron a viajar.

Personas que yo nunca había conocido comenzaron a leer mis palabras.

Varios libros se convirtieron en bestsellers internacionales.

Y descubrí una de las verdades que más profundamente cambiaron mi trabajo:

cuando dejás de esconder tu historia, tu historia puede empezar a servir.

Puede tocar.

Puede enseñar.

Puede despertar.

Puede darle permiso a alguien.

Puede encontrar a una mujer que está atravesando exactamente lo que vos creías que solamente te había pasado a vos y susurrarle:

“No estás condenada a quedarte ahí.”

Pero había algo pendiente.

Yo había publicado en inglés.

Nada en español.

Y cada vez más personas me preguntaban:

“¿Cuándo vas a hacer algo para nosotros?”

Entonces entendí que podía hacer por otros lo que alguien había hecho conmigo.

Abrir una puerta.

Una puerta para que profesionales extraordinarios dejaran de ser el secreto mejor guardado de su oficina.

Para que sus conocimientos viajaran.

Para que sus historias dejaran de morir adentro suyo.

Para que sus voces encontraran a quienes las necesitaban.

Así nació:

13

El Amor como Camino.

Y no fue casualidad que se llamara así.

No El camino del amor.

El Amor como Camino.

Porque el amor no es solamente el lugar al que quiero llegar.

Es la manera en que quiero caminar.

La forma en que quiero trabajar.

La forma en que quiero relacionarme.

La forma en que quiero crear.

La forma en que quiero vivir.

Después llegó El Amor como Camino para Emprendedores Exitosos.

Y más tarde Klithorian.

Hasta hoy participé en quince títulos, diez de ellos bestsellers, y acompañé a 61 personas a transformar sus conocimientos, sus historias y sus voces en libros.

Pero yo no veo un número.

Veo 61 voces que ya no están guardadas en un cajón.

61 historias que ahora pueden atravesar fronteras.

61 personas que un día podrán decir:

“Esto pensé. Esto aprendí. Esto viví. Esto vine a dejar.”

Y recién muchos años después entendí por qué eso significaba tanto para mí.

14

Mi papá murió. Y un día entendí que con él también murió un libro que nunca llegó a escribirse.

Mi papá era un hombre extraordinario.

Culto.

Filosófico.

Valiente.

Lleno de historias.

Tenía una manera particular de pensar.

Valores.

Experiencias.

Un código.

Una vida entera dentro suyo.

Cuando murió, hubo algo que me destrozó.

Salir a la calle.

Ver los autos pasar.

La gente comprar.

Los semáforos cambiar.

El mundo entero funcionando como si nada hubiera sucedido.

Yo quería gritar:

“¿No entienden? ¡Mi papá se murió!”

Pero el mundo seguía.

Años después apareció otro dolor.

Uno que no había sabido nombrar.

Empecé a preguntarme:

¿Dónde están ahora todas sus historias?

¿Dónde quedó todo lo que sabía?

¿Las conversaciones que nunca tuvimos?

¿Las cosas que nunca le pregunté?

¿Las respuestas que hoy daría cualquier cosa por escuchar?

No tengo un libro que pueda abrir y decir:

“Papá, hablame.”

No puedo leer sus pensamientos.

No puedo escuchar su versión de la historia.

No puedo volver atrás y preguntarle:

“¿Qué sentiste?”

“¿Por qué hiciste eso?”

“¿Qué aprendiste?”

“¿Qué querías que yo supiera?”

Y entendí algo que me partió al medio:

cuando una persona se va sin contar su historia, no perdemos solamente a la persona.

Perdemos una biblioteca.

Una mirada.

Una versión irrepetible del mundo.

Un eslabón de nuestra propia historia.

Hoy mis hijos conocen partes de mí.

Para ellos soy mamá.

Y está perfecto.

Me ven desde ese lugar.

Como yo vi a mis padres.

Pero algún día quizá quieran conocer a la mujer.

No a mamá.

No a la abuela.

A Sylvia.

La niña.

La mujer que tuvo miedo.

La que se equivocó.

La que amó.

La que se cayó.

La que salió.

La que se volvió a inventar.

La que tuvo deseos que nunca contó durante la cena familiar.

La que creyó cosas.

La que dejó de creerlas.

La que descubrió otras.

Y quiero que puedan encontrarme.

Quiero que mis nietos puedan abrir mis páginas cuando yo ya no esté y descubrir de dónde viene alguna locura que también vive en ellos.

Quiero que mi voz sobreviva a mi cuerpo.

Por eso hoy digo:

15

Contá tu historia como solo vos la podés contar.

No porque toda mujer tenga que publicar un libro.

No porque todo dolor tenga que convertirse en contenido.

No porque debas exhibir tus heridas para demostrar que sanaste.

Contala porque tu mirada es irrepetible.

Porque nadie vivió exactamente lo que viviste como vos lo viviste.

Porque nadie puede explicar lo que aprendiste con tu voz.

Porque nadie puede dejar tu legado en tu lugar.

Y porque hay historias que no pueden esperar eternamente.

De ahí nace también el corazón de Klithorian:

Una voz recuperada recupera otras.

Porque cuando una mujer se atreve a contarse…

rompe silencios.

Cambia conversaciones.

Recupera partes de sí misma.

Y a veces, sin siquiera saberlo, le da permiso a otra mujer para hacer lo mismo.

16

Hoy soy Sylvia Chavez. Love Queen.

Sí.

Soy coach.

Autora bestseller internacional.

Oradora.

Mentora editorial.

Creadora de El Amor como Camino.

Fundadora y primera voz de Klithorian.

He acompañado a decenas de personas a convertir sus historias y conocimientos en libros.

Pero si querés saber quién soy de verdad, mis títulos no alcanzan.

Soy una mujer que tuvo que ir a buscarse debajo de todo lo que había aprendido a soportar.

Soy la mujer que dejó de mendigar amor y empezó un romance feroz con la mujer del espejo.

La que un día tuvo que elegir entre seguir desapareciendo o hacerse cargo de su propia vida.

La que descubrió que libertad podía significar comerse un huevo frito a las cuatro de la mañana.

La que aprendió que elegirse no te deja sin amor.

Te prepara para vivir uno mejor.

La que transformó una historia que durante años le dio vergüenza en una voz que hoy puede abrirle camino a otras.

La que entendió que contar nuestras historias no es vivir mirando hacia atrás.

Es decidir qué hacemos con ellas de ahora en adelante.

Y hoy, a través de mis libros, mis programas, mi comunidad y mi acompañamiento privado, no quiero enseñarle a ninguna mujer a convertirse en otra persona.

Quiero acompañarla a volver a encontrarse.

A recuperar su voz.

Su historia.

Su cuerpo.

Su deseo.

Su placer.

Su poder.

Su libertad.

Su nombre.

Porque quizás vos también llevás años siendo la mujer que todos necesitan…

y hace demasiado tiempo que no te preguntás:

¿Dónde estoy yo en mi propia vida?

Quizás también aprendiste a conformarte.

A callarte.

A ser razonable.

A no molestar.

A necesitar permiso.

A esperar que alguien te elija.

Quizás construiste una vida que desde afuera se ve perfecta…

pero hay una parte de vos que sabe que ya no te alcanza.

Entonces quiero decirte algo.

No necesitás tener todas las respuestas.

No necesitás saber exactamente cómo.

No necesitás esperar a sentirte valiente.

Y, sobre todo:

no necesitás convertirte en otra mujer.

La mujer capaz de reclamar su voz, su amor, su placer, su historia y su derecho a ser profundamente feliz no está en algún lugar lejano esperando que la encuentres.

Está debajo de cada “tengo que”.

De cada “qué van a pensar”.

De cada vez que te hiciste pequeña para que otro estuviera cómodo.

De cada parte de vos que aprendiste a esconder para sobrevivir.

Yo no vengo a decirte quién tenés que ser.

Vengo a recordarte quién eras antes de empezar a abandonarte.

Porque esa mujer sigue ahí.

Nunca se fue.

Y tal vez este sea el momento de volver a elegirla.

Esta vez, sin pedir permiso.

El próximo capítulo puede empezar hoy

La mujer que estás buscando sigue ahí.

No necesitás convertirte en otra. Necesitás volver a elegir a la que dejaste atrás para sobrevivir.

Quiero empezar por mí
Mi historia

Éramos la familia perfecta de la foto. Nadie veía que yo me estaba muriendo por dentro.

Desde afuera, mi vida parecía completa.

Marido.

Cuatro hijos.

Casa.

Familia.

Responsabilidades.

Todo en su lugar.

Todo menos yo.

Yo sostenía a todos mientras desaparecía.

Y lo más peligroso no era que estuviera sufriendo.

Era que había sufrido durante tanto tiempo que ya me parecía normal.

Normal aguantar.

Normal callarme.

Normal ponerme última.

Normal vivir con miedo.

Normal sentir que mi vida no me pertenecía.

Mi cuerpo empezó a gritar lo que yo todavía no podía decir.

La angustia se instaló en mí. Mi salud comenzó a deteriorarse. Yo adelgazaba, me consumía, me apagaba.

Y aun así seguía.

Porque había aprendido que una buena mujer aguanta.

Que una buena madre sostiene.

Que una buena esposa hace funcionar la familia aunque para hacerlo tenga que dejar de funcionar ella.

Hasta que un día entendí algo brutal:

si para sostener mi vida tenía que desaparecer yo, entonces esa vida ya no podía seguir siendo la mía.

No sabía cómo irme.

No tenía independencia económica.

No tenía un plan B esperándome con moño del otro lado.

Tenía cuatro hijos.

Y durante casi veinte años había sabido ser esposa, mamá, cuidadora, solucionadora de problemas, sostén emocional de todo el mundo…

menos mío.

Hubo momentos tan oscuros que llegué a pensar que tal vez la muerte era la única manera de salir.

No porque quisiera morir.

Porque ya no sabía cómo vivir así.

Y en medio de esa oscuridad, una herida mucho más antigua volvió a buscarme.

02

Mi cuerpo había aprendido a callar antes de que yo aprendiera a hablar.

A los cinco años sufrí mi primer abuso sexual.

Durante décadas no tuve conciencia de ese recuerdo. Apareció muchos años después, en una sesión de respiración.

A los siete volví a ser abusada, esta vez por un amigo de la familia.

Ese abuso sí vivió conmigo durante años.

Aunque nadie pudiera verlo.

Aunque yo siguiera creciendo.

Aunque me casara.

Aunque tuviera hijos.

Aunque sonriera.

Porque hay heridas que no se quedan en el pasado.

Se meten en la forma en que te mirás.

En lo que aceptás.

En lo que creés merecer.

En cómo amás.

Y, sobre todo, en cómo permitís que te amen.

Yo había sido una niña curiosa, libre, atrevida, fascinada con el mundo.

Y de pronto aprendí que el mundo podía ser peligroso

Aprendí a protegerme.

A desconfiar.

A callar.

Y aprendí algo todavía peor:

a creer que había algo malo en mí.

Me sentía sucia.

Rota.

No merecedora.

Insuficiente.

Y durante muchos años hice lo que hacemos tantas mujeres cuando no sabemos amarnos:

salí a pedir afuera que alguien me convenciera de que yo valía.

Mendigué amor como una pordiosera.

Migajas de atención podían hacerme sentir elegida.

Una mirada podía hacerme sentir valiosa.

Que alguien me quisiera parecía demostrar que yo merecía existir.

Yo creía que necesitaba que otro me amara.

Hasta que entendí que había alguien que llevaba años abandonándome.

Yo.

Y cuando mi matrimonio empezó a sentirse como una cárcel, mi cuerpo reconoció algo que mi cabeza todavía no podía nombrar.

La misma sensación.

No hay salida.

No podés escapar.

No tenés poder.

Pero había una diferencia enorme.

Esta vez yo ya no tenía siete años.

Esta vez podía elegir.

Todavía no sabía cómo.

Pero podía.

Y esa pequeña diferencia terminó cambiando toda mi vida.

03

Le pedí a Dios que me mostrara mi misión. Me respondió algo que no quería escuchar.

Durante esa época yo rezaba.

Pedía señales.

Pedía respuestas.

Le preguntaba a Dios una y otra vez:

“¿Para qué estoy acá? ¿Cuál es mi misión?”

Yo esperaba una instrucción.

Algo concreto.

“Tenés que hacer esto.”

“Tenés que dedicarte a aquello.”

Una especie de GPS espiritual que me sacara del desastre.

Y un día, estando sola en mi casa, sentí un perfume intensísimo a rosas.

No había flores.

No había ninguna explicación lógica para ese aroma.

Y entonces escuché dentro de mí, con una claridad que todavía hoy puedo recordar:

“Tu misión es ser AMOR.”

Y yo pensé:

¿Eso es todo?

¿Ser amor?

¡Decime qué CARAJO tengo que hacer!

Pero yo estaba haciendo la pregunta equivocada.

Preguntaba qué tenía que hacer.

La respuesta hablaba de quién tenía que ser.

No enseñar amor.

No hablar bonito sobre el amor.

No poner corazones en Instagram.

SERLO.

Encarnarlo.

Elegirlo.

Convertirlo en la manera desde la cual iba a vivir.

Había solamente un pequeño inconveniente:

yo sabía amar a todo el mundo menos a mí.

Así que por ahí tuve que empezar.

04

No me fui cuando dejé de tener miedo. Me fui cuando entendí que quedarme podía costarme la vida.

Divorciarme no fue una escena cinematográfica.

No apareció una Sylvia empoderada caminando en cámara lenta hacia el atardecer.

No tenía todas las respuestas.

No tenía seguridad.

No tenía garantías.

Tenía miedo.

Muchísimo.

Pero descubrí algo:

no necesitaba dejar de tener miedo para elegirme.

Me fui con miedo.

Me fui con cuatro hijos.

Me fui sin saber exactamente cómo iba a reconstruir mi vida.

Me fui mientras todavía estaba tratando de recordar quién era debajo de tantos años de ser lo que todos necesitaban de mí.

Pero me fui.

Y hoy puedo verlo:

aquella decisión fue uno de los primeros actos de amor verdadero que tuve conmigo misma.

Después vino la búsqueda.

Gestalt.

Psicodrama.

Coaching.

Respiración consciente.

Eneagrama.

Astrología.

Trabajo transgeneracional.

Y cuanta herramienta pudiera ayudarme a entender quién demonios era esa mujer que aparecía cuando dejaba de ser esposa de, madre de, responsable de.

Yo no estudié porque quería convertirme en maestra.

Estudié porque quería salvarme.

Primero practiqué todo conmigo.

Miré mis heridas.

Mis patrones.

Mis excusas.

Mis elecciones.

Mis maneras de regalar mi poder para después culpar a otros por tenerlo.

Tuve que dejar de esperar que alguien me dijera cuánto valía.

Tuve que aprender a escucharme.

A confiar en mí.

A poner límites.

A elegirme.

A amarme.

Y no, no fue fácil.

Amarme con Locura no nació como una frase bonita.

Nació porque durante años me había amado con condiciones.

Me quería si hacía las cosas bien.

Me aprobaba si alguien me aprobaba.

Me sentía suficiente si me elegían.

Yo necesitaba aprender otra clase de amor.

Uno salvaje.

Uno leal.

Uno que no desapareciera cuando yo me equivocara.

Uno que dijera:

“Aunque todos se vayan, yo no vuelvo a abandonarte.”

Ese fue el comienzo de mi verdadero romance.

El romance con la mujer del espejo.

05

La libertad, para mí, tuvo gusto a huevo frito a las cuatro de la mañana.

Cuando me mudé a mi nueva casa con mis cuatro hijos empecé a recuperar cosas que parecen ridículas…

hasta que viviste muchos años sin ellas.

Mis adornos.

Mi música.

Mis horarios.

Mis muebles puestos donde se me daba la gana.

Mi derecho a decidir.

Mi silencio.

Mi ruido.

Mis locuras.

Mi tiempo.

Una madrugada me preparé un huevo frito a las cuatro de la mañana.

Porque tenía hambre.

Nada más.

Y nadie apareció a preguntarme:

“¿Qué estás haciendo?”

Nadie me dijo:

“Estás loca.”

Y recuerdo esa sensación.

Era una pavada.

Y era gigantesca.

Era mi casa.

Era mi tiempo.

Era mi vida.

Y me encantaba.

Empecé a descubrir algo que para mí era revolucionario:

podía ser feliz sin pareja.

No estaba esperando un hombre.

No necesitaba que alguien viniera a completar la escena.

No necesitaba ser elegida.

Yo ya me había elegido.

Por primera vez en mi vida adulta estaba descubriendo cómo se sentía estar entera.

Y entonces, precisamente cuando dejé de buscar a alguien que me completara…

apareció Alejandro.

06

Ningún príncipe vino a rescatarme. Cuando llegó el amor, yo ya había salido sola de la torre.

El 23 de agosto de 2003 fui a bailar con unas amigas a Sótano Beat.

No estaba buscando marido.

Ni novio.

Ni almas gemelas.

Estaba buscando pasarla bien.

Y arriba del escenario había un saxofonista terriblemente sexy.

Alejandro.

Me invitó a cantar.

Después se acercó con la maravillosa y sofisticadísima estrategia de preguntarme si yo era cantante.

Y consiguió mi teléfono.

Se lo di encantada.

Pocos días después estábamos sentados frente al piano en su casa, cantando y matándonos de risa.

Había química.

Música.

Deseo.

Complicidad.

Y un detalle menor:

según cualquier criterio sensato, no teníamos absolutamente nada que hacer juntos.

Él tenía 37 años.

Soltero.

Sin hijos.

Nunca había convivido con nadie.

Yo tenía 41.

Divorciada.

Cuatro hijos.

Un zoológico.

Claramente un no.

Por suerte, el amor nunca fue demasiado obediente.

Empezamos a vernos.

Sin planes.

Sin promesas.

Sin “te llamo mañana”.

Nuestra frase era:

“Te veo cuando te vea.”

Al principio sonaba libre.

Después empezó a doler.

Y ahí apareció una vieja Sylvia.

La que podía empezar a preguntarse:

¿Le gusto?

¿Me va a llamar?

¿Y si lo pierdo?

¿Y si pido demasiado?

Pero había otra Sylvia también.

Una que había pagado demasiado caro por aprender a elegirse.

Y esa mujer dijo:

No.

No voy a volver ahí.

No voy a sacrificar mi paz para conservar a un hombre.

No voy a aceptar migajas porque alguien me vuelve loca.

No voy a traicionarme para que alguien se quede.

Así que lo solté.

Sin amenaza.

Sin jueguitos.

Sin manipular.

Sin hacerme la indiferente para provocar una reacción.

Lo solté de verdad.

Entre él y yo, me elegí a mí.

Y eso cambió todo.

Nos reencontramos poco después.

Pero ya no para seguir jugando a “te veo cuando te vea”.

Nos miramos más allá del miedo.

Y decidimos entrar.

De verdad.

Desde ese día no volvimos a separarnos.

07

Él vivía en orden alfabético. Yo tenía cuatro hijos. Buena suerte, mi amor.

Meses después Alejandro se mudó conmigo, mis cuatro hijos y mi perro Nicolás.

Hasta entonces él había vivido solo.

Todo impecable.

Organizado.

Casi en orden alfabético.

Y de pronto aterrizó en lo que yo cariñosamente llamaba:

el zoológico.

Ale tenía incluso un cajón especial donde guardaba cosas nuevas que compraba y reservaba para una ocasión especial.

Hasta que un día vio bajar las escaleras a mi hijo mayor…

usando, con total naturalidad, una de sus preciadas adquisiciones.

Bienvenido a la familia, mi amor.

Después llegaron más historias.

Más música.

Más hijos.

Más nietos.

A mis 44 años, con las trompas ligadas, quedar embarazada parecía prácticamente imposible.

Pero después de una fertilización in vitro llegó Sofía.

Nuestro milagro.

Y más de dos décadas después, Alejandro y yo seguimos compartiendo música, familia, trabajo, hijos y nietos.

Pero también seguimos compartiendo algo que para mí importa muchísimo:

deseo.

Pasión.

Complicidad.

Carcajadas que terminan en lágrimas.

Las ganas de despertarnos juntos.

No tenemos una relación perfecta.

Tenemos una relación que elegimos crear.

Todos los días.

Nos hablamos.

Nos mostramos.

Nos decimos la verdad.

Nos elegimos sin dejar de elegirnos individualmente.

Nos amamos sin convertir el amor en una cárcel.

Y con Alejandro confirmé algo que hoy atraviesa absolutamente todo lo que hago:

el amor no es solamente algo que encontrás.

El amor es el lugar DESDE EL CUAL creás tu vida.

08

Antes de los libros hubo mujeres sentadas frente a mí diciendo: “Nunca le conté esto a nadie.”

Cuando empecé a acompañar mujeres, algo se repetía una y otra vez.

Entraban a una sesión cargando historias.

Historias que llevaban diez, veinte, treinta años sosteniendo en silencio.

Y empezaban a hablar.

A veces bajito.

A veces llorando.

A veces con vergüenza.

A veces diciendo:

“Esto nunca se lo conté a nadie.”

Y yo veía algo suceder frente a mis ojos.

Los hombros bajaban.

La respiración cambiaba.

El cuerpo se aflojaba.

No porque lo vivido desapareciera.

Sino porque dejar de esconder una historia puede ser el comienzo de dejar de cargarla.

Después les pedía que escribieran.

Y veía otro milagro.

Cuando una mujer escribe algo que durante años solamente vivió dentro de ella, empieza a mirarlo desde otro lugar.

Puede nombrarlo.

Puede entenderlo.

Puede reclamarlo.

Puede decidir qué significado tendrá de ahora en adelante.

Yo les pedía que escribieran sus historias.

Hasta que la vida me dijo:

Muy bien, Sylvia. Ahora te toca a vos.

09

Escribí la historia que más vergüenza me daba. Y dejó de tener poder sobre mí.

Me invitaron a participar en una antología en inglés.

Y decidí escribir sobre la historia que durante años me había hecho sentir sucia.

Rota.

No merecedora.

La historia que estaba detrás de tantas veces que había mendigado amor.

La historia que yo habría preferido enterrar.

La escribí.

Y algo cambió.

Porque cuando una historia sale de las sombras y la ponés frente a vos…

ya no puede perseguirte de la misma manera.

Pero todavía me faltaba algo.

Decirla.

En voz alta.

10

“Yo fui abusada.”

Durante la fiesta de lanzamiento de 131 Keys to Love, había más de cincuenta personas frente a mí.

Podía agradecer.

Podía hablar del libro.

Podía contar una anécdota simpática.

Podía elegir una parte menos incómoda.

Pero respiré.

Miré a la gente.

Y dije:

“Yo fui abusada.”

Silencio.

Un silencio absoluto.

Y ocurrió algo que jamás voy a olvidar.

No sentí vergüenza.

No sentí lástima por mí.

No me sentí víctima.

No estaba pidiendo que nadie me rescatara.

Estaba recuperando mi historia.

Sí.

Me pasó.

Sí.

Me marcó.

Sí.

Influyó durante años en cómo me miré, cómo amé y lo que creí merecer.

Pero ya no iba a seguir definiéndome.

Ese día entendí algo que hoy quiero gritar cada vez que una mujer se avergüenza de lo que vivió:

LA VERGÜENZA NO ERA MÍA.

Lo que me habían hecho no decía nada sobre mi valor.

Y por primera vez sentí que la historia me pertenecía a mí…

en lugar de pertenecerle yo a ella.

No dije “yo fui abusada” solamente por la niña que había sido.

Lo dije por todas las mujeres que alguna vez se habían sentado frente a mí cargando secretos.

Por las que aprendieron a hacerse pequeñas.

Por las que todavía creen que algo de lo que les pasó demuestra que son menos dignas de amor.

Por las que siguen mendigando afuera porque todavía no descubrieron el romance más extraordinario, feroz y transformador que una mujer puede vivir:

el romance con la mujer del espejo.

11

Love Queen no nació de una estrategia de branding.

Durante años, cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, yo decía:

“Soy Love Coach.”

Hasta que las personas que trabajaban conmigo empezaron a decirme algo distinto.

“Vos no enseñás el amor.”

“Vos lo personificás.”

Y empezaron a llamarme:

Love Queen.

Un día mi propio coach me presentó así públicamente.

Y el nombre quedó.

Yo no me senté con un equipo de marketing a inventarlo.

No salió de una sesión de branding.

Ni siquiera fui yo quien decidió llamarme así.

Fue el nombre que otros le pusieron a la mujer en la que yo llevaba años convirtiéndome.

Y entonces recordé aquel día.

El perfume a rosas.

La voz.

La frase:

“Tu misión es ser AMOR.”

Muchos años después entendí.

Love Queen nunca fue un título.

Era una confirmación.

12

Mi historia dejó de ser algo que tenía que esconder y se convirtió en algo que podía abrirle camino a otra persona.

Después de aquella primera antología llegaron más.

Mis historias empezaron a viajar.

Personas que yo nunca había conocido comenzaron a leer mis palabras.

Varios libros se convirtieron en bestsellers internacionales.

Y descubrí una de las verdades que más profundamente cambiaron mi trabajo:

cuando dejás de esconder tu historia, tu historia puede empezar a servir.

Puede tocar.

Puede enseñar.

Puede despertar.

Puede darle permiso a alguien.

Puede encontrar a una mujer que está atravesando exactamente lo que vos creías que solamente te había pasado a vos y susurrarle:

“No estás condenada a quedarte ahí.”

Pero había algo pendiente.

Yo había publicado en inglés.

Nada en español.

Y cada vez más personas me preguntaban:

“¿Cuándo vas a hacer algo para nosotros?”

Entonces entendí que podía hacer por otros lo que alguien había hecho conmigo.

Abrir una puerta.

Una puerta para que profesionales extraordinarios dejaran de ser el secreto mejor guardado de su oficina.

Para que sus conocimientos viajaran.

Para que sus historias dejaran de morir adentro suyo.

Para que sus voces encontraran a quienes las necesitaban.

Así nació:

13

El Amor como Camino.

Y no fue casualidad que se llamara así.

No El camino del amor.

El Amor como Camino.

Porque el amor no es solamente el lugar al que quiero llegar.

Es la manera en que quiero caminar.

La forma en que quiero trabajar.

La forma en que quiero relacionarme.

La forma en que quiero crear.

La forma en que quiero vivir.

Después llegó El Amor como Camino para Emprendedores Exitosos.

Y más tarde Klithorian.

Hasta hoy participé en quince títulos, diez de ellos bestsellers, y acompañé a 61 personas a transformar sus conocimientos, sus historias y sus voces en libros.

Pero yo no veo un número.

Veo 61 voces que ya no están guardadas en un cajón.

61 historias que ahora pueden atravesar fronteras.

61 personas que un día podrán decir:

“Esto pensé. Esto aprendí. Esto viví. Esto vine a dejar.”

Y recién muchos años después entendí por qué eso significaba tanto para mí.

14

Mi papá murió. Y un día entendí que con él también murió un libro que nunca llegó a escribirse.

Mi papá era un hombre extraordinario.

Culto.

Filosófico.

Valiente.

Lleno de historias.

Tenía una manera particular de pensar.

Valores.

Experiencias.

Un código.

Una vida entera dentro suyo.

Cuando murió, hubo algo que me destrozó.

Salir a la calle.

Ver los autos pasar.

La gente comprar.

Los semáforos cambiar.

El mundo entero funcionando como si nada hubiera sucedido.

Yo quería gritar:

“¿No entienden? ¡Mi papá se murió!”

Pero el mundo seguía.

Años después apareció otro dolor.

Uno que no había sabido nombrar.

Empecé a preguntarme:

¿Dónde están ahora todas sus historias?

¿Dónde quedó todo lo que sabía?

¿Las conversaciones que nunca tuvimos?

¿Las cosas que nunca le pregunté?

¿Las respuestas que hoy daría cualquier cosa por escuchar?

No tengo un libro que pueda abrir y decir:

“Papá, hablame.”

No puedo leer sus pensamientos.

No puedo escuchar su versión de la historia.

No puedo volver atrás y preguntarle:

“¿Qué sentiste?”

“¿Por qué hiciste eso?”

“¿Qué aprendiste?”

“¿Qué querías que yo supiera?”

Y entendí algo que me partió al medio:

cuando una persona se va sin contar su historia, no perdemos solamente a la persona.

Perdemos una biblioteca.

Una mirada.

Una versión irrepetible del mundo.

Un eslabón de nuestra propia historia.

Hoy mis hijos conocen partes de mí.

Para ellos soy mamá.

Y está perfecto.

Me ven desde ese lugar.

Como yo vi a mis padres.

Pero algún día quizá quieran conocer a la mujer.

No a mamá.

No a la abuela.

A Sylvia.

La niña.

La mujer que tuvo miedo.

La que se equivocó.

La que amó.

La que se cayó.

La que salió.

La que se volvió a inventar.

La que tuvo deseos que nunca contó durante la cena familiar.

La que creyó cosas.

La que dejó de creerlas.

La que descubrió otras.

Y quiero que puedan encontrarme.

Quiero que mis nietos puedan abrir mis páginas cuando yo ya no esté y descubrir de dónde viene alguna locura que también vive en ellos.

Quiero que mi voz sobreviva a mi cuerpo.

Por eso hoy digo:

15

Contá tu historia como solo vos la podés contar.

No porque toda mujer tenga que publicar un libro.

No porque todo dolor tenga que convertirse en contenido.

No porque debas exhibir tus heridas para demostrar que sanaste.

Contala porque tu mirada es irrepetible.

Porque nadie vivió exactamente lo que viviste como vos lo viviste.

Porque nadie puede explicar lo que aprendiste con tu voz.

Porque nadie puede dejar tu legado en tu lugar.

Y porque hay historias que no pueden esperar eternamente.

De ahí nace también el corazón de Klithorian:

Una voz recuperada recupera otras.

Porque cuando una mujer se atreve a contarse…

rompe silencios.

Cambia conversaciones.

Recupera partes de sí misma.

Y a veces, sin siquiera saberlo, le da permiso a otra mujer para hacer lo mismo.

16

Hoy soy Sylvia Chavez. Love Queen.

Sí.

Soy coach.

Autora bestseller internacional.

Oradora.

Mentora editorial.

Creadora de El Amor como Camino.

Fundadora y primera voz de Klithorian.

He acompañado a decenas de personas a convertir sus historias y conocimientos en libros.

Pero si querés saber quién soy de verdad, mis títulos no alcanzan.

Soy una mujer que tuvo que ir a buscarse debajo de todo lo que había aprendido a soportar.

Soy la mujer que dejó de mendigar amor y empezó un romance feroz con la mujer del espejo.

La que un día tuvo que elegir entre seguir desapareciendo o hacerse cargo de su propia vida.

La que descubrió que libertad podía significar comerse un huevo frito a las cuatro de la mañana.

La que aprendió que elegirse no te deja sin amor.

Te prepara para vivir uno mejor.

La que transformó una historia que durante años le dio vergüenza en una voz que hoy puede abrirle camino a otras.

La que entendió que contar nuestras historias no es vivir mirando hacia atrás.

Es decidir qué hacemos con ellas de ahora en adelante.

Y hoy, a través de mis libros, mis programas, mi comunidad y mi acompañamiento privado, no quiero enseñarle a ninguna mujer a convertirse en otra persona.

Quiero acompañarla a volver a encontrarse.

A recuperar su voz.

Su historia.

Su cuerpo.

Su deseo.

Su placer.

Su poder.

Su libertad.

Su nombre.

Porque quizás vos también llevás años siendo la mujer que todos necesitan…

y hace demasiado tiempo que no te preguntás:

¿Dónde estoy yo en mi propia vida?

Quizás también aprendiste a conformarte.

A callarte.

A ser razonable.

A no molestar.

A necesitar permiso.

A esperar que alguien te elija.

Quizás construiste una vida que desde afuera se ve perfecta…

pero hay una parte de vos que sabe que ya no te alcanza.

Entonces quiero decirte algo.

No necesitás tener todas las respuestas.

No necesitás saber exactamente cómo.

No necesitás esperar a sentirte valiente.

Y, sobre todo:

no necesitás convertirte en otra mujer.

La mujer capaz de reclamar su voz, su amor, su placer, su historia y su derecho a ser profundamente feliz no está en algún lugar lejano esperando que la encuentres.

Está debajo de cada “tengo que”.

De cada “qué van a pensar”.

De cada vez que te hiciste pequeña para que otro estuviera cómodo.

De cada parte de vos que aprendiste a esconder para sobrevivir.

Yo no vengo a decirte quién tenés que ser.

Vengo a recordarte quién eras antes de empezar a abandonarte.

Porque esa mujer sigue ahí.

Nunca se fue.

Y tal vez este sea el momento de volver a elegirla.

Esta vez, sin pedir permiso.

El próximo capítulo puede empezar hoy

La mujer que estás buscando sigue ahí.

No necesitás convertirte en otra. Necesitás volver a elegir a la que dejaste atrás para sobrevivir.

Quiero empezar por mí