Una niña y una mujer tomadas de la mano junto a un cerco

Había una vez… una Princesa

October 06, 2026•8 min read

Sylvia Chavez · Love Queen · octubre de 2026

¿Por qué será que a las mujeres, desde muy chiquitas, nos cuentan esos cuentos de príncipes que nos salvan de las torres con dragones y de princesas que viven felices para siempre con sus salvadores? Y nos los creemos.

Una princesa frente a los dragones

Siempre me sentí diferente. De chica parecía un varón más: me subía a los cercos, era salvaje, libre, y no me importaba nada todo eso de ser una “señorita educada”. Me decían varonera porque hacía cosas de “varones”; era intrépida, valiente y me encantaba ayudar a los demás.

Cuando estaba en primer grado, armé un grupo con unas amigas para ayudar a “Doña Lidia”. Doña Lidia era una señora viejita (debía tener mi edad de ahora, jaja) muy humilde. Con solo 6 años le limpiábamos la casa, le servíamos té, le llevábamos cosas ricas y le hacíamos compañía. Aún hoy puedo recordar su sonrisa y el olor a leña de su estufa.

Me sentía bien. En casa me habían enseñado el gran valor de dar sin esperar nada a cambio.

Vivíamos en Río Gallegos, allí donde "el diablo perdió el poncho", como le dicen. En verano anochecía muy, muy tarde y, como era un pueblo muy seguro, nos quedábamos en la calle jugando hasta cualquier hora. Mi mejor amiga, Mirta, vivía enfrente de casa, y yo tenía mis gatos, que usaba como muñecas. ¡Era tan feliz! Sentía la libertad en todos mis poros, el mundo era mi lugar seguro y los seres que me rodeaban eran mis amigos.

Llegué a segundo grado en el colegio de monjas, a dos cuadras de casa, con compañeras que hoy recuerdo solo al ver la foto en blanco y negro. Fue hace tanto tiempo… y sin embargo, gracias a Facebook, me reencontré con varias, especialmente con Mirta, mi vecinita de enfrente.

Como vivíamos muy lejos y teníamos toda la familia en Buenos Aires, mis padres viajaban bastante seguido. En general no viajábamos juntos: uno se quedaba con la cría. Éramos tres en ese tiempo, mi hermana Gloria, el Gordo y yo. Pero en uno de esos viajes, vaya a saber por qué, se fueron los dos a la Capital y nos repartieron en casas de amigos de la familia.

A mí me dejaron en la casa de una pareja amiga que tenía una hija de mi edad. Gente de confianza. El papá, Tito, y la mamá, Marta (los nombres están cambiados… porque son gente conocida… aunque, la verdad, no debería ser así), una mujer buenísima que hacía unas tortas llenísimas de crema chantilly que eran una bomba.

Mis padres no se fueron mucho tiempo, tal vez un día o dos, no recuerdo bien. Pero sí recuerdo la escena, esa escena que quedaría grabada en cada célula de mi cuerpo por el resto de mi vida.

¿Cómo podía alguien imaginarse que esa noche, a esa niña libre, salvaje y valiente, le iban a arrebatar toda esa libertad y ese mundo en el que vivía?

Una más en la lista, una niñita más que nunca volvería a ver el mundo con los mismos ojos. Una más de tantas que, por ser tantas, hasta deja de doler de tanto dolor. Una historia más que demuestra las miserias más oscuras de los seres humanos, y que a veces hasta me hace dudar de si el hombre alguna vez fue realmente bueno.

Esa noche sentí el asco, la incertidumbre, la desesperación de sentirme congelada, sin poder reaccionar ante algo que no podía comprender, que solo podía vivir como una película que le pasa a otra. Pero mi cuerpo no pudo ausentarse, y así quedó: con una herida de muerte que me quebró hasta el alma.

Una historia más, una niñita más, de tantas. “Una vez de demasiadas veces”. Una historia que no debería repetirse y que, sin embargo, no para de suceder.

Con lo que me quedaba de coraje y de valentía, se lo conté a mi madre. No le tenía miedo a nada, porque la tenía a ella. Ella me iba a proteger y a reparar el daño. Tito lo iba a pagar.

Pero no fue así. Mamá me pidió silencio: “Papá lo va a matar si se entera”, me dijo, y probablemente tenía razón. Y terminó con un: “Acá no pasó nada y no se habla más del tema”.

Todo se derrumbó en un instante. Esa niña intrépida y valiente se oscureció, el mundo pasó a ser un lugar hostil y se sintió muy sola. Esa nena de 7 años, la más petisa del grado, se volvió más chiquita y no dijo nada. Ese día, esa nena de grandes ojos azules color cielo ya no miró más hacia arriba. Ese día esa pequeña mujer perdió la conexión con su cuerpo y con el ser que más amaba en el mundo: su madre.

Es increíble cómo las mujeres caminamos por la vida con el corazón y el alma rotos, y de afuera no se ve. Seguimos como si nada: nos casamos, tenemos hijos, estudiamos, hacemos una carrera… y aun así queda un vacío profundo, abierto. Esto sucede casi siempre en la niñez, cuando alguien, con su abuso de poder y el poder de su abuso, se llevó esa parte prístina y llena de luz. Una parte que muchas nunca recuperan y que marca cada paso de sus vidas.

Y las mujeres nos sentimos sucias, rotas, poca cosa, devaluadas. Como si esos hombres se llevaran con su abuso nuestro poder: el poder de ser felices, de elegir, de no conformarnos, de elegir sabiendo que nos merecemos todo. ¡Qué loco que las víctimas terminen presas de esos actos! Presas de por vida de esa carga emocional y maligna que nos dejan estos depredadores, que aun sin hablar pueden hacernos creer que ya no valemos nada.

Una historia más, una niñita más, de tantas. Una más que tantas veces se convierte en una menos, y el mundo sigue andando sin ella.

Te podría contar el resto de mi historia y cómo las grandes decisiones de mi vida estuvieron teñidas por ese día. Los hombres que elegí, la manera en que no supe disfrutar de la vida, hasta la manera en que crié a mis hijos estuvieron influenciadas por ese día. Dentro de mí, por muchos años, vivió esa niñita desconectada de su cuerpo y de sí misma. Sin saber siquiera quién era. Sin poder perdonar, llena de ira y de dolor, sintiéndose no amada y provocando el rechazo de los demás con una agresividad que usaba como defensa contra ese mundo hostil.

Una nena llena de dolor que solo quería ser amada, pero que no dejaba que nadie se acercara demasiado. ¿Quién podría amar de verdad a alguien que no se amaba a sí misma? ¿Te suena esta historia?

Tal vez es la tuya. Tal vez es la de alguna amiga, hija o hermana. ¡Somos tantas! ¡DEMASIADAS!

¿Pero sabés qué? Mi historia no termina ahí, ni la de mi niña interior. Porque un día dije BASTA. Ese día empecé a mirarme profundamente y a preguntarme si se podía vivir de otra manera.

Y ahí empezó el resto de mi vida. En el camino fui encontrando maestras, maestros, tantas personas que me mostraron infinitas posibilidades, puentes y corazones.

Me enseñaron a sanar cada herida de mi corazón, una por una. Descubrí que dentro mío me estaba esperando esa hermosa nena de ojos color cielo, para que jugara con ella, para que la sanara, para que la protegiera y, sobre todo, para que la amara profundamente.

Empecé a cuestionarlo todo y a recuperar mi poder. A entender que mi pasado no me define: me define lo que hago con lo que me pasó. Dejé de ser víctima para ser la creadora de cada uno de mis días, para bien o para mal.

No soy perfecta, ni lo quiero ser, pero sí sé que puedo ser lo que yo desee, si lo creo para crearlo.

En este camino de sanación fui al infierno y volví tantas veces. Algunas heridas las cerré con dolor, hasta que aprendí a amarme y a cerrarlas con amor. Tantos maestros, tantas oportunidades y todas las ganas de encontrarle un sentido a mi vida.

Y en este camino recuperé a mi mamá y encontré el amor. Empecé a buscarlo muy adentro mío y, cuando lo encontré, me di cuenta de que estaba en cada parte de mi ser; solo que antes no lo había podido reconocer. Hoy lo veo en todos lados: en mis hijos, en mis nietos, en mi amor, en vos, en cada mujer que se acerca para que le muestre el camino que yo recorrí y la tome de la mano, para que no se pierda.

Hoy sé que mi madre, mi primer gran amor, hizo lo mejor que pudo para protegerme. Nadie le había enseñado cómo hacerlo. Hoy la amo con todo mi ser y soy tan feliz de tenerla en mi corazón, abierto de par en par.

Hoy sé que el amor es algo totalmente distinto a todo lo que nos enseñaron los medios, las películas, las canciones y hasta lo que aprendieron nuestros padres y abuelos. Hoy sé que el amor es hermoso, es simple, es aventura, es pasión, es belleza, es… todo lo lindo que hay en el mundo. Y vale la pena recorrer el camino más difícil y escarpado para encontrarme… en el reflejo que me devuelve el espejo cada día.

Hoy sé que todo lo que me pasó me trajo a este hoy, a estas hojas, a este encuentro, a la mujer que soy, cumpliendo mi gran misión de mostrarle al mundo lo que es el amor. Y no cambiaría nada, ni un segundo, porque amo a esta mujer que elijo ser. Amo mis ojos, que hoy miran al mundo con tanto amor; amo mi vida, mis encuentros y desencuentros. Y sobre todo, hoy sé que cada desafío es una nueva aventura por vivir, junto a los míos, junto al amor de mi vida, habitando este cuerpo que también es un milagro.

PD: Nunca esperes a ningún príncipe que te salve de los dragones. Solo vos tenés la llave de tu torre.

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