Una mujer de espaldas frente a una ventana con el celular en la mano

No tengas miedo de amar: nadie puede herirte sin tu permiso

October 05, 2026•9 min read

Sylvia Chavez · Love Queen · octubre de 2026

Sí, ya sé que me vas a decir que estoy loca. Que cómo se me ocurre que vos le diste permiso a esas parejas que te lastimaron hasta el caracú, que te dejaron culo pa’l norte (como decimos nosotros).

Y por ahí te lastimaron tanto, pero tanto tanto, que ahora, cuando aparece alguno con alguna característica parecida, salís corriendo.

Hay un dicho que dice: el que se quemó con leche, ve una vaca y llora… ¿te resuena?

¿Alguna vez te pasó que, después de esa ruptura tremenda que te dejó con el corazón en pedacitos, conociste a un flaco que tenía ciertas reacciones parecidas a las de tu ex?

¿Qué pensaste? ¿Qué hiciste? Por ahí saliste corriendo, o por ahí… te quedaste: ¡más vale malo conocido que malísimo por conocer! Y sin querer, volviste a repetir la situación que te dejó hecha añicos.

Algo parecido le pasó a Ema, una de mis clientas (los nombres están cambiados, por confidencialidad).

Ema conoció a Juan un día de mucha lluvia, a la salida del trabajo. Se cruzaron en una de las calles principales de la ciudad, esperando un taxi. Como ya te imaginarás, conseguir un taxi a esa hora y un día de lluvia es algo muy cercano a un milagro.

Estaban parados muy cerquita y, después de más de media hora de espera y de haberse mojado hasta el cuello, empezaron a conversar.

No sé si te pasa a vos, pero mucha gente, cuando está aburrida y frustrada, necesita descargarse y contárselo a alguien, al primero que se le cruce. Ese fue el caso de Ema. De repente, casi sin darse cuenta, empezó a hablarle a Juan de la lluvia, de los taxis que no aparecían, del día de trabajo durísimo y de las ganas de llegar a su casa.

Palabra va, palabra viene, terminaron en un café a unos metros de ahí, esperando que pasara la hora pico para conseguir cómo volver.

Así empezó su historia. Ema es una mujer independiente, consultora de varias empresas multinacionales, con su departamento propio, su libertad financiera y muchas amigas maravillosas. Es una mujer fuerte, cuya presencia se nota en cualquier lugar. Una mujer con todas las letras y muy hermosa (aunque ella no lo crea). Estuvo casada hace mucho tiempo, un par de años nomás, y la cosa no funcionó. Fue con uno de esos novios de la adolescencia que se quedan pegados en otra época, mientras ella seguía creciendo, por dentro y por fuera.

Juan era Juan. Un tipo alto, musculoso, muy seguro de sí mismo. Todavía no tenemos claro a qué se dedicaba, pero siempre vestía muy bien, llevaba a Ema a los mejores lugares y se comportaba como un verdadero caballero. Sabía qué decir en el momento justo, era muy detallista y casi perfecto para Ema. Parecía llenar todos los casilleros que ella deseaba en un hombre.

Ema estaba embelesada, enamorada como una adolescente. Y lo peor del caso es que no podía creer que un tipo así se hubiera fijado en ella (¡uffff! ¡Otra vez arroz!).

Estaba viviendo un sueño. Pero había cosas que no le cerraban: sus actitudes con otras personas, lo despótico que era con las meseras en los restaurantes, que siempre tuviera algo que criticar de alguien. En la intimidad, él hacía todo lo necesario para que ella la pasara bien y, aun así, Ema sentía que él estaba, pero no estaba.

A los pocos meses empezó a desaparecer algunos días, y la intimidad entre ellos se fue espaciando. Pasaban semanas sin hacer el amor. Juan decía que el trabajo lo tenía muy estresado, que tenía que viajar y por eso no podía llamarla, y no sé cuántas excusas más.

Ema nunca escuchó esa voz interna que le decía que algo no estaba bien. Cuando algo no le cerraba, encontraba alguna explicación y “aguantaba”. “Ya va a pasar”, se decía en silencio.

Con el tiempo, Ema se fue “apagando”. En el trabajo ya no era la misma, estaba siempre pendiente del teléfono y de los mensajes, esperando que él fuera todo eso que ella había creído que podía ser. Comía poco, dormía poco y, cuando se encontraba con Juan, ya no era la del principio. Juan le decía que la culpa era de ella porque había cambiado, que era una histérica, que inventaba cosas, que no lo entendía, que estaba muy flaca y menos atractiva, que ya no se cuidaba como antes… que… que…

Y Ema se lo creía.

Pasaron los meses, y los meses se hicieron años. Ema estaba obsesionada con Juan; era capaz de hacer cualquier cosa para que él no “la dejara”.

Pobre Ema, no sabía que él ya la había dejado hacía tiempo, aunque siguiera apareciendo cuando se le antojaba.

Un día Juan desapareció por completo. Cambió su número, la bloqueó en todos lados y la dejó hecha un montón de pedazos, sin saber quién era fuera de esa relación. Sintiéndose despojada de todo, sin ganas de vivir y sin orgullo. Solo con la culpa y el arrepentimiento de no haber sido suficiente para “retenerlo”.

¿Te suena conocido? Tal vez a alguna amiga tuya le pasó algo parecido, tal vez a vos misma. Lamentablemente, tuve muchas Emas como clientas, con historias parecidas: cambian algunos lugares, algunas escenas, pero el final es siempre el mismo.

El día que conocí a Ema había pasado casi un año de la ruptura. No sé cómo llegó a mi consulta, porque ni ella creía merecer algo mejor que lo que había vivido con Juan. Estaba empecinada en que él era el único hombre en el mundo para ella y en cómo encontrarlo para volver. “Siempre lo voy a amar”, decía.

Durante varios encuentros solo me hablaba de él. Cuando le preguntaba por ella y por lo que sentía, siempre encontraba la forma de volver a Juan. Y si por un instante se conectaba consigo misma, era solo para culparse de haber arruinado todo. Juan no era responsable de nada. Juan era perfecto.

Y acá quiero frenar un segundo, porque esto es importantísimo: lo que hizo Juan es responsabilidad de Juan. Desaparecer, culparla, decirle histérica, hacerle creer que inventaba cosas: eso tiene nombre, y se llama maltrato. Ninguna mujer “se lo busca”. Si estás en una relación así, no es tu culpa. ¡Ojo con las señales! NADIE SE MERECE EL MALTRATO.

Poco a poco, Ema se permitió mirarse. Se permitió mirar el pasado y mirar a Juan con otros ojos. Descubrió que había visto luces rojas desde el principio: actitudes dudosas, cosas que no le cerraban. Pudo ver todas las veces que quiso salir corriendo y se quedó. Se dio cuenta de cómo se mintió a sí misma, de cómo le creyó todas sus mentiras y de cómo dejó de ser quien era para ser lo que él quería, despacito, sutilmente. Y cuanto más se esforzaba por agradarle, más la despreciaba él.

La pregunta del millón era: ¿por qué? ¿Cómo ella, una mujer independiente, segura, exitosa, había caído en esta trampa?

Y cuando empezó a hacerse las preguntas, empezó a encontrar las respuestas.

Nuestra mente es así: guarda en el inconsciente muchas cosas que no sabemos que existen, muchas creencias, muchos patrones. Los seres humanos aprendemos por repetición, por lo que vemos. Y lo que vemos, lo vemos desde nuestra percepción, que no siempre es la más clara.

Desde chiquita, Ema se había sentido despreciada, desvalorizada. Su madre era una mujer muy exigente, desconectada de los sentimientos y de su hija. No importaba lo que Ema lograra: nunca era suficiente. En el colegio siempre había una nena más linda, más educada o con mejores notas. Aunque fuera una desconocida, Ema siempre perdía en la comparación.

Y ella se esforzaba para que su madre la mirara, para que le dijera que era hermosa, que era inteligente. Pero eso nunca pasó.

Cuando no pudo conseguirlo de su madre, Ema lo buscó en otras personas: en el trabajo, en los CEOs de esas grandes compañías para las que hacía consultoría, en sus amigas, en sus colegas. Y lo consiguió. Siempre fue muy valorada. Pero no le alcanzaba.

Cuando conoció a Juan, los agujeritos que su madre había dejado en su corazón empezaron a llenarse con las atenciones de Juan, con sus palabras bonitas.

Ella quería creer, a toda costa. El vacío que había dejado la mujer que más debía amarla en el mundo se estaba llenando, y no iba a perder esa oportunidad. Creyó que alguien como Juan podía reparar ese dolor, y estaba decidida a hacer lo que hiciera falta para lograrlo.

Lo que no sabía era que nadie podía llenar ese vacío, nadie más que ella misma. Y cuanto más lo buscaba afuera, más grande se hacía ese agujero de desamor, hasta que el dolor lo tomó todo.

Sin darse cuenta, Ema le había entregado a Juan todo su poder de sanar. Había puesto en sus manos la posibilidad de construirla o destruirla. Y aun cuando sentía que había cosas que no le cerraban, eligió creerle más a él que a sí misma, a su percepción, a sus tripas.

Y Juan, con su desamor, sus críticas, su ausencia y su abandono, no hizo más que repetir ese trauma no sanado, esa herida que seguía abierta en el corazón de Ema. Por eso todo lo que pasó en esa relación fue tan devastador: la llevó a sus primeros años, a la herida primera donde todo empezó.

En ese momento se abrieron millones de posibilidades para Ema y el camino para recuperar su poder. ¿Cómo?, te preguntarás. Sanando ese corazón con agujeritos, cerrándolos uno a uno con mucho amor propio: reconociéndose, valorándose, eligiéndose por encima de todo y de todos.

Porque de eso se trata "nadie puede herirte sin tu permiso": no de que vos tengas la culpa de lo que te hicieron, sino de que el poder de no volver a entregarte es tuyo. Nadie te lo puede sacar.

Hoy Ema sabe que nadie la va a lastimar, porque ya no le cede a nadie el poder sobre sí misma. Hoy se ama profundamente; aprendió a adorarse. Hoy Ema sabe quién es y de qué está hecha, porque ella misma fue la creadora de la mujer que hoy la mira desde el espejo.

Ella sabe. Y puede amar-se.

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